sábado, 4 de marzo de 2017

Valiente!!





Leonid Rógozov, durante la operación





Rogozov, que tenía a su favor que era médico, comenzó a sentirse mal en abril de aquel 1961 y tras unas horas con náuseas y fiebre, apareció un dolor agudo en la parte inferior derecha del abdomen. A pesar de que intentó mejorar su situación, no lo consiguió y esta cada vez fue a peor, haciéndose obvio para él mismo que su apéndice debía extirparse y que de lo contrario la peritonitis podía ser su final. Por otra parte, Rogozov no tenía a quién pedir ayuda, ya que estaba en una estación de investigación en la Antártida, a miles de kilómetros de cualquier otro médico.


No tenía un avión a su alcance que lo pudiera trasladar y además la meteorología estaba en su contra. En esa situación, sólo quedaba un camino: auto operarse para extirpar de su propio cuerpo el apéndice. 

Se inyectó anestesia local y con la ayuda de dos compañeros de la estación, un conductor y un meteorólogo, comenzó la operación. Tuvo que parar varias veces para descansar porque no se sentía bien, como es lógico. Como Rogozov dejó escrito:
 El sangrado era bastante pesado, pero me tomé mi tiempo... Al abrir el peritoneo, dañé el intestino y tuve que coserlo. Me sentía más y más débil, mi cabeza comenzó a girar. Cada cuatro o cinco minutos descansaba 20 ó 25 segundos.
Sus ayudantes le iban diciendo cómo estaban las cosas dentro del cuerpo, mirando por el agujero de 12 centímetros que Rogozov se había hecho en el vientre y por el que él no podía mirar como quisiera. Pensó en usar un espejo, pero finalmente lo descartó.

Tras dos horas la operación concluyó y en las horas siguientes comenzó la mejoría, desapareciendo finalmente la fiebre y restableciéndose totalmente en un par de semanas.